Los relojes que los niños pintan en sus muñecas para simular que han entrado ya en la edad adulta tienen las manecillas ancladas. Como la fotografía de un reloj, son un simulacro estático de temporalidad, un juego o una burla sobre el tiempo de los mayores. E incluso en esta asunción de los roles y deberes de los adultos, los niños son incapaces de acotar las horas, porque, como bien explica Juan Ramón Trotter, el tiempo de la infancia es contínuo, ilimitado y gratuito, mientras que el de los adultos es mensurable, cuantificable y sobre todo convertible en valor. En las páginas de este breve artículo se discute con lucidez las razones de ese paso de la improductividad a la tiránica imposición de la hora como precio de cambio.


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