ANGÉLICA LIDDELL, PERRO MUERTO EN TINTORERÍA: LOS FUERTES / II / María Salgado

Angélica Liddell con hacha

El texto de María Salgado quiere no ser una reseña para evitar atascarse en discusiones afinadas. Quiere, por el contrario, hacer por responder, por mirar a los ojos la obra inquietante de Angélica Liddell, mediante unas “notas de práctica”,  una lectura de Perro muerto, sobre a) el desorden global actual, b) la posibilidad de su representación y c) la posibilidad de decir esa representación, de hablarla a partir de una vaga noción de “lo poético”- noción que siempre aparece cuando se experimenta con cualquier tipo de lenguaje. Con algo de retraso llega esta no-reseña para discutir con la anteriormente publicada  “Corriente de pensamientos de butaca a Liddell y viceversa”; pero es que Perro muerto, según cree humildemente LLLP, es, al menos, una de las obras más importantes estrenadas en Madrid el año pasado.

Lectura gratuita> TODA LA POÉTICA POSIBLE (O CASI). RESEÑA NO: NOTAS DE PRÁCTICA

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3 Respuestas a “ANGÉLICA LIDDELL, PERRO MUERTO EN TINTORERÍA: LOS FUERTES / II / María Salgado

  1. Me lo he pensado mucho, porque decir sentimientos me da vértigo, y comentar sin saber me da susto, pero María invita a discusiones exaltadas en los bares de Lavapiés, y yo no puedo menos que aceptar el llamamiento, aunque sea desde una tisana para dormir en el salón de mi casa.

    Mi comentario a todo esto está y tiene que estar necesariamente muy lejos del poema(?) tan sentido de un frustrado protagonista-perro, y más lejos aún de ese ensayo (más que reseña o no reseña, nueva obra poética en sí, y en toda regla) que nos regala la Salgado. Mi comentario es tres en uno: el de una espectadora cualquiera sin contacto emocional ni intelectual con el teatro de Angelica, el de una espectadora cualquiera que no va mucho al teatro, y el de una espectadora cualquiera a la que le gusta la poesía. Mi comentario es, por tanto, adolescente e inmaduro, queda advertido.

    Y ahí va:

    Lo que yo vi en una noche de noviembre en el Valle-Inclán fue exactamente lo que no vi. A mi amiga Julia dándole hachazos a la vida en una cueva de granada. El ruido de un accidente de carretera que había presenciado hacía poco muy despacio. Un hospital y todos los suicidas del mundo. El miedo al miedo que tuve aquella cierta vez en que hice algo muy malo. Las vidas inexplicadas de esos muñecos deshidratados. Mi réplica (interior, inexistente, perfilada mucho más tarde) a la Liddell cuando me insultaba. O el sudor, o las gargantas gritonas, o el ritmo del sexo, o cuando de pequeña cogía cosas con los dedos de los pies, o la historia del arte.

    Lo que yo vi, en definitiva, fue sorprendentemente un grito mío. Un grito exagerado, sí, Marcus, un grito a veces demasiado retórico, demasiado contradictorio, repetido (más que repetitivo). Pero un grito mío personalizado, de mí proyectado en lo que se me presentaba, y para mí, noqueada en tres horas de torrentes descontrolados de acciones y palabras.

    Y es que yo nunca he gritado, o es que yo normalmente no grito, quiero decir, no de esa manera. Por eso me deja tan sin entender, tan sorprendida o atónita o con ganas de volver a verlo: porque me sentí identificada justo con lo (que creía) más remoto a mi concepto de poesía, de queja y de acción. Porque me arrancó algo de dentro, esa Liddell pequeñita y chillona, y lo colocó justo en el centro del escenario, y lo pateó y me lo devolvió intacto.

    Y que para mí eso es El Absoluto, (el arte, o la poesía, o el teatro, o como se le quiera llamar), el que me dejen así, escribiendo tres meses después una parrafada que no tiene sentido, porque en realidad todo eso que se ve por dentro no se puede poner en palabras.

  2. Para quien quiera atreverse con el italiano, en el diario “il manifesto” se publicó hace pocos días una simpática entrevista a A. Liddell sobre fútbol (es madridista…). Aquí va el link:
    http://www.ilmanifesto.it/ricerca/ric_view.php3?page=/Quotidiano-archivio/05-Marzo-2008/art59.html&word=liddell
    Ciao!

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